Análisis de Hollow Knight: Silksong para PS5 – uVeJuegos.com


Hollow Knight supuso hace siete años un terremoto dentro del género metroidvania. No sólo se convirtió en un nuevo referente, sino que elevó el listón a un nivel que pocos imaginaban posible para un género . El trabajo de Team Cherry no fue simplemente hacer un juego brillante: fue revitalizar una fórmula que muchos consideraban agotada y devolverle frescura. A partir de ahí, la oleada ha sido imparable. Han surgido decenas de títulos inspirados en su propuesta, algunos más notables que otros, pero todos herederos de ese impulso que Hollow Knight generó. De pronto, mucha gente que no había prestado atención al género ha comenzado a interesarse. Y en consecuencia, la expectativa alrededor de Silksong se disparó.

Y con ese listón en lo más alto, lo primero que salta a la vista al empezar Silksong es que Team Cherry no se ha conformado: ha decidido redoblar la apuesta desde lo visual. Lo primero que golpea al iniciar Silksong son sus gráficos y su diseño artístico que no pueden ir más de la mano como en este caso. Su arte es apabullante desde el minuto uno, desplegando biomas de una diversidad asombrosa, cada uno con su propia atmósfera y personalidad. Hay cuevas húmedas, templos luminosos, bosques densos, ciudades vibrantes. Todo, absolutamente todo, ha sido dibujado a mano durante estos siete años de desarrollo. Y esa dedicación se nota en cada detalle, en cada textura, en cada animación. Lo que transmite el juego no es solo belleza estética, sino la soberbia de un proceso creativo que parece inagotable, una incontinencia artística que se desborda y que termina por regalar a los jugadores un mundo tan vasto como minuciosamente cuidado.

Si hay algo que brilla hasta cegarnos es la calidad de los jefes de Silksong

En lo jugable, Silksong se siente dinámico en su conjunto. El control de Hornet es ágil, rápido, casi eléctrico, y la progresión de habilidades multiplica esa sensación de poderío a los mandos. El sistema consigue que la curva de aprendizaje sea estimulante y que cada nuevo movimiento desbloqueado no sea un accesorio, sino una herramienta real para explorar más y combatir mejor. La satisfacción que produce dominar todo a la vez, en un mundo plagado de enemigos, trampas y jefes exigentes, es enorme. Hornet se mueve con una ligereza que contrasta con la densidad del mundo de Telalejana. Salta más alto, se desliza con una agilidad casi gimnasta y cuenta con un set de movimientos que, desde el principio, marcan diferencias respecto a su predecesor: el aguijón se convierte en un hilo de seda y una aguja que sirve tanto para atacar como para impulsarse en el aire o colgarse de enemigos y plataformas. A esto se suma un mundo dividido en más de una decena de biomas completamente distintos, y enormes, todos con su propia fauna, paleta y arquitectura.

El sistema de progresión se apoya en herramientas y blasones que funcionan como engranajes de un mismo reloj. Los blasones no son solo adornos, cada uno trae consigo un set de ataques que cambia por completo el ritmo del combate: unos más lentos pero demoledores, otros más rápidos aunque arañen menos vida. El clásico dilema entre contundencia y velocidad, pero aquí afinado con bisturí. Las herramientas, por su parte, se dividen en tres familias claras: las de ataque, con artilugios que lanzamos para hostigar a los enemigos; las de soporte, que funcionan como bufos y que, combinadas con los blasones, terminan dando forma a la build que cada cual quiera montar; y, por último, las de calidad de vida, con pequeños gestos como la brújula que vuelve a marcarnos en el mapa, igual que en Hollow Knight.

Un sistema flexible, que no inventa la rueda, pero que sabe muy bien cómo hacerla girar. Algunas herramientas modifican tus ataques, otros amplían la movilidad, otros te permiten resistir más o curarte en condiciones extremas. No hay un único camino ni una única forma de jugar, sino una serie de combinaciones que convierten cada partida en un laboratorio de posibilidades. Es ahí donde Silksong se siente más técnico y más abierto a la experimentación, sin perder nunca esa tensión entre fragilidad y poderío que lo define.

El contenido de Silksong es inabarcable. La cantidad de misiones secundarias, aunque muchas se reduzcan a lo que podríamos llamar trabajos de recadero, están planteadas con la inteligencia suficiente como para que nunca se sientan como relleno. Funcionan como excusa para volver a atravesar biomas, reaprender caminos, redescubrir rincones que creíamos agotados y que de pronto se abren con nuevas rutas y sorpresas. Y si hablamos de lo que realmente define el pulso del juego, hay que hablar de los jefes. La apabullante cantidad de combates que propone Silksong es difícil de creer en un equipo tan pequeño, pero ahí están: decenas de enfrentamientos, todos con patrones simples pero perfectamente afinados, que generan coreografías tan bellas como despiadadas. Muchos de ellos son un auténtico muro, con un nivel de dificultad elevadísimo que convierte cada victoria en un acto de resistencia personal. Y todo esto se despliega a lo largo de tres actos que, si se es hábil, pueden recorrerse en unas 40 horas, aunque lo normal es que la duración se extienda mucho más entre muertes, desvíos y búsquedas. Es un juego que pide perderse, explorar, abrir caminos, encontrar objetos y enfrentarse a esos jefes que convierten la experiencia en un maratón de descubrimiento constante.

Sin embargo, hay que señalar que el tramo inicial puede ser disuasorio. Sí, el juego es difícil, y esa es una elección de diseño consciente. Pero lo problemático no es tanto la dificultad en sí, sino que aparece demasiado pronto. Team Cherry ha optado por lanzar al jugador a un comienzo áspero, con enemigos que castigan sin piedad y mecánicas que todavía no están del todo desplegadas. La sensación es la de que el juego te exige demasiado antes de darte las herramientas para enfrentarlo. Y es que hay que pensar que los metroidvania modernos suelen sostenerse en dos ejes: por un lado, el placer de superar un reto arduo después de múltiples intentos; por otro, la sensación de progreso del personaje, que escala en habilidades al mismo tiempo que tu propia destreza mejora.

Los jefes finales son majestuosos y de gran tamaño

El inicio de Silksong no se hace cargo de esa lógica y arroja al jugador contra un muro demasiado alto demasiado pronto. No hay tiempo para crecer antes de ser golpeado. Esa barrera puede ser suficiente para que algunos decidan no seguir adelante, perdiéndose lo que vendrá después, que es precisamente cuando el juego despliega todo su potencial. Además, los trayectos de punto A a punto B se hacen, a veces, muy pesados en tanto que los bancos de descanso no se encuentran siempre cerca de los bosses. Para quien no esté habituado se convertirá en un sufrimiento, siendo este no uno tan satisfactorio como el de los propios jefes una vez los superas. Silksong tiene problemas que, probablemente, se solucionen con balanceos y parches. En concreto, la reducción de daño de determinados enemigos básicos que ahora mismo te quitan dos cuando solo tienes cinco de vida al empezar y, por otro lado, un aumento de la economía. Si esto te echa para atrás, esperar siempre es una opción razonable.

Y aunque Silksong es un juego difícil, sí, también es justo en la manera en que calibra sus herramientas. Donde en Hollow Knight curarte implicaba detenerte a recomponer una máscara, aquí son tres y hasta puedes hacerlo en pleno aire, lo que abre ventanas de respiro en medio del caos. A eso se suman los blasones y bufos que permiten armar builds más conservadoras para quienes prefieran reforzar la defensa antes que lanzarse de cabeza al riesgo. Los picos de dificultad están ahí y no perdonan, pero superarlos se siente como domar una bestia: cada golpe esquivado, cada patrón aprendido y cada victoria conquistada es de esas que se graban en la memoria y que te recuerdan por qué jugamos a cosas así.

La variedad de los biomas es sorprendente en Silksong

Y en medio de todo esto, hay un aspecto que no se puede dejar de lado: el sonido. La música de Christopher Larkin es embriagadora, con un aroma, una clase y un estilo que hacen que cada bioma no solo se vea, sino que también se escuche y se respire. Es una partitura que sabe cuándo estar tranqui y cuándo tensar, cuándo convertirse en compañía y cuándo desaparecer para dejar que el silencio pese. Y es ahí, en la suma de todas estas decisiones —el arte, el diseño de los jefes, la amplitud del mundo, la música— donde Silksong luce más. Puede que ya estemos ante el mejor metroidvania de la historia. No porque lo diga la urgencia de las redes, sino porque lo demuestra cada hora que pasamos en sus entrañas, cada derrota amarga y cada victoria conquistada. Silksong no es para disfrutarlo, es para habitarlo. Y en esa experiencia, larga, difícil y bellísima, está su grandeza.

Conclusión

Lo paradójico es que, frente a la riqueza y densidad de Silksong, la conversación pública se haya consumido con la misma velocidad con la que pasamos un vídeo en TikTok. En las primeras horas tras el lanzamiento, las redes se llenaron de juicios absolutos, muchos emitidos por gente que apenas había rascado la superficie del juego. Se habló de su dificultad, del arranque supuestamente injusto, incluso de una caída de calidad respecto a Hollow Knight. Todo en caliente, todo categórico, todo inmediato. Es la incontinencia habitual de internet: la urgencia de opinar antes que comprender, la necesidad de sentenciar antes incluso de vivir la experiencia. Pero lo que propone Silksong es justo lo contrario: calma, exploración, paciencia. Su verdadero valor no se entrega a la primera hora ni a la segunda, sino que se despliega en el tiempo, en cada bioma conquistado, en cada jefe derrotado, en cada camino que se abre donde pensábamos que ya no quedaba nada más por descubrir. Quizás esa sea la moraleja escondida del juego: que lo mejor de Silksong solo se revela a quienes renuncian a la urgencia. Que en un presente donde todo se devora rápido, lo más subversivo es, precisamente, disfrutar despacio.





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